Vaya a saber uno desde cuando se instalaba
cada día en esa intersección de las calles Maipú con José Santos Ossa. En los
años aquellos que la ciudad era pequeña y polvorienta, no había nada
interesante que llamara la atención.
Pero si, cómo olvidarlo, el huesillero.
Personaje salido de alguna novela de campo de Mariano Latorre, de Luis Durand,
o de aquella historias de Joaquín Díaz Garcés hasta podía ser el mismísimo
"Juan Firula". Vestía chaquetita corta, pantalones adheridos a su
cuerpo por años, bigotito breve, una camisa de color indefinido, calamorros
pampinos y un sombrero alón. Un huaso de talón rajado, un roto pampino que no
perdió la costumbre de sus ropajes sureños o vaya a saber uno de dónde diablos
venía este personaje.
Si, porque todo un personaje era el hombre,
día a día en la esquina con sus vasos limpios, impecables, sobresaliendo una
descomunal olla azul que contenía el tan apetecido brebaje.
A veinte centavos un vaso de fresco
huesillo con mote. Si bajaban las señoras de las cocinerías escanciando la
bebida prodigiosa, y le hacía ojitos, el muy ladino se daba vueltecitas
alrededor de las señoras con breve placer de baile. El gallo incitando a las
gallinas.
La exuberante Marité de la Huerta que más
que huerta, tenía dos enormes melones en el pecho, seguro en algún instante
escurridizo saboreaba el huesillero.
Que le subía las faldas de la Oriana Tello,
hermana de la famosa lengua larga de la Flaka Tello, para nadie era secreto, si
hasta encima de un saco de papas en las bodegas del mercado le abría hasta el
alma el famoso huesillero. Eran sus tardes mágicas cuando se veía que el sol se
metía como huevo frito en el horizonte marino.
La chiquillería, entre ellos yo éramos los
más fieles consumidores de la bebida única de los chilenos, a bueno,
ciertamente que el vino es un capítulo diferente, entra solo a tallar en
asuntos de hombres, y bueno también algunas chimbirocas, como la "lengua
de lija" que se tomaba medio litro de vino de un sorbo, sin respirar y
famosa también por sus anchas caderas.
Los jubilados en la plaza del Mercado se
ponían al día con las noticias de la Guerra, en mapas imaginarios hacían
movimientos de tropas, y por cierto para ellos el "genio de Stalin era el
que cavaría el foso a los nazis". Los viejos, animados en la conversa, la
mayoría había dado la vuelta al mundo varias veces embarcados como tripulantes
de algún cliper.
Después darle duro a la sin hueso, bajaba
la sed y entraban todos al "Jamaica", donde se tomaban hasta las
molestias, el vino con frutilla corría a ríos por esos güargüeros resecos. Los
chanchos con chalecos ardían en el jugo de su grasa que con pebre cuchareado se
componía más el asunto y la sed era sin límites. Para que les cuento amiguitos
míos si había que chuparse los bigotes con el arrollado de malaya de doña
Eufrosina.
Hasta el Cristo de Elqui que se paraba
sobre las ramas de un pimiento a decir sus salmos, señalaba con dedo acusador
al hombre del carrito de huesillos, serás castigado por tus pecados sexuales.
En un momento de pasión arcangélica, el Cristo se tiró desde el árbol abriendo
los brazos para volar. Por cierto se sacó la cresta, se quebró dos costillas y
quedó fracturado de las piernas.
Divertidamente regalón entre las mujeres el
huesillero hacía de las suyas, con cuanta mina se le ponía por delante, si
hasta la paisana Gumercinda había cedido ante el tentador macho cabrío. Los
hombres sospechosamente furiosos intercambiaban entre ellos miradas llameantes,
y más de alguno creía sentir sobre su cabeza el peso de los cuernos.
Ellas soltaban la pasión y el fuego oculto
del deseo. Era tanto el asunto, que un día, me arrastró a su pieza la Mercedes,
de fogosos veinte años, se tiro sobre la cama de su pieza, en el conventillo
"El negro José", se bajó los calzones y me empelotó a mis 9
tranquilos años de existencia…. harto me gustó el jueguito de la Meche.
Un día, siempre existe un día nefasto para
algunos. Si está marcadito en mí ese día, mi abuela me había comprado una
chaqueta de cuero café, pantalón de golf, en fin indumentaria para los cabros
chicos en los 18 de septiembre poh. Había que empilcharse.
Corrí a la esquina, donde estaba el
huesillero que era mi amigo y me conocía por ser buen cliente y me mandaba de
recadero donde sus mujeres. Y desesperado yo, al no tener los veinte centavos
para los huesillos le digo, "oiga don Erasmo, le traigo al tiro las
moneas, mi abuelita me las va dar ahora porque no tenía chauchas, le dejo la
chaqueta"… ahí se vino el mundo encima.
Satisfecho de haber bebido esa rica agua
especial, me comí los huesillos y el mote. Salí arrancado como ánima que la
persigue el demonio.
"Abuelita, abuelita, mire… el
huesillero me quitó la chaqueta" nada más escucharon eso y bajaron todas
las mujeres de las cocinerías convertidas en demonio. Hasta la amante más fiel
del pobre tipo salió armada con un uslero, lanzaba espumarajos y garabatos la
Oriana Tello.
Pero si no le dejaron nada bueno al pobre
tipo, le destruyeron el carro, la ollita azul la hicieron mierda, quebraron los
vasos y Erasmo estuvo un mes en el hospital reponiéndose de la paliza que le
dieron las mujeres. Nunca más volvió a esa esquina. Todo por culpa mía, ahora
ya cercano a los ochenta años todavía me río y memorizo las caras furiosas de
las madres postizas que me cuidaban.
El Conventillero
Publicado en el Blog El Conventillo 21/09/08
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